Reportaje – Sorokin, escritor total
‘Hielo’ es la última novela que ha visto España de Vladimir Sorokin, un autor al que el adjetivo posmoderno se queda corto y demuestra el talento de un “clásico vivo”. Tiene mucho mérito ser también la pesadilla de la Rusia oficialista, la de Putin, que le tiene en su lista negra.
Por Luis Cadenas Borges
No es un anciano venerado, más bien un adulto que sobrepasa la cincuentena con el aspecto de un autor nórdico de novelas de serie negra. Vive en las afueras de Moscú, en un pueblo (Vnukovo), pero sus obras se publican antes en Francia, Alemania o España que en su país, la patria de los escritores emotivamente radicales. Frases cortas, afiladas, certeras, como bofetadas, argumentos surrealistas, pura posmodernidad encabronada y enrabietada contra una sociedad como la rusa, decadente e inmoral, y que él cree condenada a volver al oscurantismo medieval. Básicamente, Sorokin es un “grano en el culo” de la Rusia de Putin, capaz de impulsar a la organización juvenil títere del Estado, Nashi (todavía más siniestra que las juventudes republicanas de lo más profundo de Texas), contra sus obras. Decían los bohemios franceses que cualquier autor al que le queman un libro es necesariamente bueno: a él le hicieron algo mejor, crearon un retrete gigante en el centro de Moscú y tiraron en él sus novelas. Eso es tener estilo por muy fascista que se sea.
Sorokin tiene en su haber español dos libros únicos, ambos con Alfaguara, ‘El día del oprichnik’ y ‘Hielo’, la nueva, en la que mezcla género negro, simbolismo, ruptura de ataduras formales y mucha mala uva: una secta milenarista que adora un meteorito y que usa martillos de hielo para arrancar los corazones de jóvenes rubios y hablar con ellos. Tal cual, no es broma. En el primer caso, haciendo referencia a esos oprichnik que eran los matones de Iván el Terrible, la novela denuncia los intentos de aislar a Rusia de Occidente tras el nacionalismo y la moral costumbrista usando la riqueza petrolífera como herramienta. De ahí que él piense que Rusia va camino de volver a ese siglo XVI del zar Iván, un lugar medieval donde sólo haya autocracia y terror intelectual. Sorokin es sin duda uno de los pocos que levantan la voz, y por eso ha sufrido de todo, desde una denuncia de la Fiscalía estatal para meterle dos años en la cárcel hasta quemar sus libros o tacharle públicamente de pornógrafo. De ahí se deriva que Rusia no aprende: ayer fue Stalin, hoy es ese pequeño mediocre agente del KGB, Putin.
Sorokin es una pesadilla, un Pepito Grillo ultramoderno que bebe de las fuentes de la cultura de las anti-utopías por culpa de una realidad insana: frente a la sociedad rusa corrompida y obsesionada con lo material de hoy en día, los arreones de historias sin posibilidad alguna de resolución hacia el bien. Nada mejor que la agonía de la tristeza para darse cuenta de que la realidad es malsana. Es algo similar a lo que hiciera Orwell con ‘1984’, solo que aquí llevada hacia el extremo simbólico de martillos de hielo y sacrificios rituales. Por mucho que el propio Sorokin rechace cualquier tipo de reivindicación política, el Poder omnímodo reviste sus obras de otra significación ajena a la propia literatura, o no tanto. En los dos libros mencionados la crítica es constante, muchas veces metafórica, pero también directa.
Una vida de premios y sobresaltos
Vladimir Sorokin (Bykovo, 1955) es autor de doce novelas, diez obras teatrales y varios guiones cinematográficos. Artista de talento multifacético formado en el ambiente de la vanguardia moscovita de los años 80, fue pintor antes de dedicarse a la escritura. Su posmodernista, conceptual y avanzada narrativa no tenía cabida en el panorama literario oficial de la Rusia soviética y sus primeras publicaciones aparecieron en París. Tras la publicación de las novelas ‘Goluboye salo’ (‘Manteca de cerdo azul’) en 1999 y ‘El hielo’ en 2002, primera parte de su “trilogía helada”, fue tachado de pornógrafo y perseguido por el gobierno ruso. En 2001 fue reconocido con el Premio Andréi Bely por “sus excepcionales aportaciones a las letras rusas” y su novela ‘Serdtsá chetirioj’ (‘Corazones de los cuatro’) recibió el Premio Booker Popular. En 2005 fue galardonado por el Ministerio de Cultura alemán y recibió el Premio Liberty “por su contribución a las relaciones culturales entre Rusia y los Estados Unidos de América”. En 2007 su novela ‘El día del oprichnik’ (Alfaguara, 2008) quedó finalista del Bestseller Nacional ruso. ‘Sakharny Kreml’ (‘Kremlin de azúcar’) y ‘Metel’ (‘La ventisca’) forman también parte de su obra, traducida a veinticinco idiomas.
Reportaje – Novela 100% pata negra
En la novela negra, no sólo bajo la eterna noche polar o en pueblecitos de nieves perpetuas se retuerce el mal. Ni es necesaria una aurora boreal para que las manos de un hombre se manchen de sangre. No, el crimen también está a gusto en latitudes más cálidas, en un país ahora atenazado por la crisis y las consecuencias de la especulación inmobiliaria y la corrupción política: el nuestro. Y no es un fenómeno nuevo.
Por Noemí G. Sabugal
Ahora se vuelve la vista a los nórdicos y sus exóticos apellidos: Mankell, Larsson, Nesbø, Fossum, como antes hacia el país del dólar y sus imprescindibles Hammett, Chandler o Ross MacDonald. Si los estadounidenses, con su hard boiled, parieron los principales rasgos de la novela negra tal y como la conocemos, son ahora los residentes en los países más fríos de Europa los que han permitido que la criatura volviera a enseñar sus retorcidos colmillos. Aún así, Estados Unidos no ha perdido su potencial, con autores como James Ellroy o Dennis Lehane, y también lo negro se sigue estilando en nuestros hermanos latinoamericanos, como el asturmexicano Paco Taibo o el cubano Leonardo Padura. Otros países también tienen sus héroes locales. En lengua francesa, donde antes estaba el belga Simenon está ahora la parisina Fred Vargas; desde Italia siguen en el tajo Andrea Camilleri y Donna Leon; en Grecia está Petros Markaris y de la lluviosa Gran Bretaña nos vienen la nonagenaria P.D. James, que sigue dando guerra, e Ian Rankin.
¿Y qué ocurre en nuestro país? ¿Quiénes son nuestros autores más sombríos? Como sabemos, la novela negra no es algo inédito en nuestras letras. La alargada sombra de Manuel Vázquez Montalbán lo demuestra. Como él, fueron muchos los escritores que en los años de la Transición eligieron el género como el mejor escalpelo posible para diseccionar la naciente democracia. De esa generación tan prolífica en los finales setenta y los ochenta aún nos quedan buenas muestras que siguen configurando nuestro panorama narrativo. Es el caso de Francisco González Ledesma, Juan Madrid y Andreu Martín.
Lo curioso es que el auge de la novela negra también coincidió entonces con un periodo de grave crisis económica que provocó una importante tasa de paro y, mediados los 80, con el desarrollo de uno de los sectores que más literatura negra produce cada día en nuestros periódicos: la construcción. Fueron, además, años de inestabilidad política, droga y ascenso de ricos de nuevo cuño que en parte nos han llevado a donde nos encontramos hoy. Todo esto se puede encontrar en las novelas negras de esa época. ¿Y en las actuales? Pues, más o menos, lo mismo. El cuento ha cambiado bien poco: corrupción, los caudillos locales de siempre, violencia, droga, prostitución. Además del asesino casual en que se puede convertir nuestro vecino. El lado oscuro de nuestra sociedad. Añadiendo a la mezcla las características de nuestros días: Internet, las mafias transfonterizas, los paraísos fiscales y la corrupción política y financiera a nivel internacional. Distintos perros pero con el mismo collar.
De esta forma, uno de los rasgos principales de la actual literatura negra española es la convivencia de veteranos como Ledesma o Madrid con los que se estrenan. En las librerías coexisten además autores de corte ‘clásico’ con otros que mezclan el género, mestizo y bastardo como la misma literatura, con los elementos más insólitos: desde la ciencia ficción, como hacen José Carlos Somoza o Elia Barceló, a tramas que podrían parecer puramente históricas, como las de Luis García Jambrina, que convierte al autor de ‘La Celestina’, Fernando de Rojas, en un hábil sabueso, e incluso un sorprendente cóctel zombis/policías en ‘Antirresurrección’, de Juan Ramón Biedma. Algunos autores son recién llegados al género tras bregarse en otro tipo de novelas, como Marta Sanz con ‘Black, black, black’ o Javier Calvo con Corona de Flores, definida como “novela gótica de crímenes” en una Barcelona decimonónica. También Jesús Ferrero con ‘El beso de la sirena negra’ y Manuel Rivas con ‘Todo es silencio’, que él mismo ha definido como un “esperpento de serie negra”, cuyo fondo es el narcotráfico gallego; e incluso Ricardo Menéndez ‘Salmón con Derrumbe’, segunda novela de su ‘Trilogía del Mal’, así con mayúsculas.
Pero si hay algo que ha cambiado en la novela negra actual, y no sólo en España, son las características de sus protagonistas. De los monolíticos hombres de hielo encarnados en un Sam Spade o un Philip Marlowe, sin hijos, sin pareja estable ni apenas pasado, hemos llegado a una variedad de tipos y tipas en los que han crecido las circunstancias emocionales que se desarrollan junto a la resolución de sus crímenes. Y también a muchas parejas que reproducen en lo negro algo tan nuestro como el tira y afloja de don Quijote y Sancho. Es el caso de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, creados por el madrileño Lorenzo Silva, o de la inspectora de Policía Petra Delicado y su compañero el subinspector Fermín Garzón, de Alicia Giménez Bartlett.
Además hay juezas como Lola MacHor, hija literaria de Reyes Calderón, o Mariana de Marco, protagonista de las novelas de José María Guelbenzu, y toda una sucesión de tipas duras como la Clara Deza de ‘Y punto’, de Mercedes Castro, o la comisaria hispano-alemana Cornelia Weber-Tejedor, clave de las novelas que publica Rosa Ribas desde Frankfurt. Y no sólo el hombre de hielo, habitual protagonista de la novela negra, se ha descongelado un tanto, sino que ya ni siquiera es el heterosexual rodeado de mujeres fatales que encontrábamos en las obras de finales de los años 20. No, también en esto se ha abierto el armario para airear el género, como en el caso de Arturo Zarco, el detective gay de la citada ‘Black, black, black’ de Sanz o Felicidad Olaizola, la ertzaina lesbiana que protagoniza las novelas de Javier Otaola.
Nada más incierto que ese tópico que dice que la novela negra es urbana, como si sólo en las grandes ciudades hubiera crimen y delincuencia. Los nórdicos nunca han asumido esta fatua tesis e incluso parecen tener especial predilección por asesinatos que ocurren en ciudades pequeñas o pueblos más o menos aislados. Se desmonta así ese cliché de que las novelas negras (y otras) tengan que ambientarse en los dos hormigueros principales de nuestro país: Madrid y Barcelona. Es lo que se ha denominado ‘novela negra periférica’, en la que se encuadran las obras de Domingo Villar, enmarcadas en una brumosa Galicia; las del histórico Julián Ibáñez, en Bilbao; la soleada Canarias de las novelas de Alexis Ravelo y las septentrionales Asturias y León de ‘La última fosa’ y ‘Una mina llamada Infierno’ del inspector Trinidad Ramalho, personaje ideado por el escritor y policía Alejandro Gallo.
A esta variedad de ambientes que permite la novela negra se han sumado además las perspectivas de escritores de otros países, sobre todo latinoamericanos, que crean aquí y han encontrado en nuestro suelo caldo de cultivo para sus obsesiones más oscuras. Con ellos se ha enriquecido el lenguaje y se han internacionalizado las tramas y aunque es difícil citarlos a todos destacan algunos como el argentino Raúl Argemí, sus compatriotas el irónico Carlos Salem y Marcelo Luján, y el peruano Santiago Roncagliolo, que ha dejado para el género su ‘Abril rojo’. Porque si hay algo de lo que puede enorgullecerse nuestra novela negra ibérica es de su variedad y de la capacidad de los autores para reflejar la cambiante situación social en sus obras. Y cumplir así uno de sus objetivos: hurgar en la herida. Denunciar lo que otros tratan de barrer bajo la alfombra. Por eso, si encuentran una buena novela 100% pata negra, no lo duden: pruébenla. Seguro que repiten.
INFORMACIÓN:
Arturo y Alatriste vuelven
El próximo 27 de octubre regresa Arturo Pérez-Reverte y su hijo predilecto, el capitán Alatriste, en ‘El Puente de los Asesinos’. Faltan ya sólo dos libros más para terminar la saga que más beneficios, lectores y trascendencia le han dado a su autor, que es una rara avis “dumasiana” en medio de tanto escritor tan profundo como prescindible.
Vuelve cinco años después, y unos quince desde que Pérez-Reverte y su hija adolescente (como cómplice) atacaran de lleno la historia de este compendio del Siglo de Oro español en forma de guerrero de capa y espada. En esta ocasión el escenario es la Venecia del siglo XVII, pero siempre con esa virulencia imperial de una España grandiosa en lo cultural y miserable en todo lo demás.
Las anteriores novelas de ‘Las aventuras del capitán Alatriste’ son: El capitán Alatriste (1996), Limpieza de sangre (1997), El sol de Breda (1998), El oro del rey (2000), El caballero del jubón amarillo (2003) y Corsarios de Levante (2006). La editorial Alfaguara ofrece desde el pasado viernes varios contenidos previos al lanzamiento de ‘El puente de los Asesinos’. De momento, aquí va un párrafo de aperitivo:
«Diego Alatriste bajó del carruaje y miró en torno, desconfiado. Tenía por sana costumbre, antes de entrar en un sitio incierto, establecer por dónde iba a irse, o intentarlo, si las cosas terminaban complicándose. El billete que le ordenaba acompañar al hombre de negro estaba firmado por el sargento mayor del tercio de Nápoles, y no admitía discusión alguna; pero nada más se aclaraba en él.»
Reportaje – Estupidez y miedo en la URSS
Hay algo intrínsecamente extraño y fascinante en la literatura rusa. Y da igual la época. Es el fatalismo, el sentimentalismo y un extraño y latente humor negro producto de la furia tiránica de un país que no sabe si vive en Occidente o en Oriente, si es europeo o asiático. Un dilema del que ya habló Tolstoi y que se reproduce cíclicamente desde los tiempos de Pedro el Grande. Las tres características son propias de un pueblo y un país que a pesar de su tamaño e importancia actual, siempre fue un ente marginal y aplastado por los vicios humanos del feudalismo y el abuso de poder.
Por Luis Cadenas Borges
El miedo es un acicate como pocos. Todos los que han conocido de cerca la literatura rusa hablan de esa trinidad típicamente nacional: miedo, vodka y té. Y despotismo. El terror a un estado que históricamente es antiliberal y desconfía del pueblo. El propio Voinóvich lo dijo: “El sistema ruso llegó a su fin, pero los rusos permanecieron”. Puro pesimismo, quizás el cuarto pilar del rusian way of life. El mismo pánico irracional que todavía hoy dejan a Grossman (futuro objeto de otro reportaje) fuera del panteón nacional y que aplastó a cualquier otro que no fueran los sagrados Tolstoi, Dostoievski y Chéjov. La sátira inventada por griegos y romanos es un arma de doble filo: bajo el humor se cuela la más devastadora crítica contra el sistema. Por eso es tan eficaz, y por eso Voinóvich es tan importante. Siglos y siglos de vasallaje y servidumbre, de oligarquía, de monopolio del poder sin fisuras, de esa “vena asiática” que siempre han achacado a Rusia, convirtieron a los escritores rusos (y da igual la época) en navajas afiladas que diseccionan su mundo con esa dosis de tres elementos. Y mucha reflexión, y mucha humanidad surgida del dolor de la historia rusa.
Así es como surgen libros como ‘Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin’, de Vladimir Voinóvich, publicado en formato barato por De Bolsillo con traducción de Antonio Samons García. Es una sátira demoledora del sistema estalinista en los albores de la invasión nazi de Rusia. Novela antibelicista, es además la mejor novela satírica rusa del siglo XX. Fue publicada en París en 1974 y durante años estuvo prohibida en la Unión Soviética, aunque circuló clandestinamente. Elementos que le valieron, ya en 2002, recibir el Premio Sajarov creado para los paladines de la libertad en Rusia. La obra más importante de Vladímir Voinóvich (Tayikistán, 1932) compone un preciso retrato de la sociedad a la que ridiculiza, al tiempo que pone en evidencia el absurdo y criminal funcionamiento de la burocracia y de las instituciones bajo el gobierno de Stalin.
Todo gira alrededor del atolondrado y desmañado campesino y soldado Chonkin, enviado a un pueblo perdido para custodiar una avioneta que había aterrizado allí. Olvidado rápidamente por sus superiores, Chonkin se integra en la peculiar vida del pueblo, donde protagoniza un sinfín de escenas hilarantes en compañía de sus estrafalarios vecinos. Pero ante la psicosis provocada por la invasión alemana, la policía política se entera de su existencia y envía un destacamento para arrestarlo por deserción. Y eso sólo es el principio.
Vida turbulenta
Vladimir Nikoláyevich Voinóvich nació en la actual Tayikistán cuando sólo era una parte más de la Unión Soviética, en 1932. No le pilló la Segunda Guerra Mundial para la edad militar de milagro, pero ingresó como soldado del Ejército Rojo en los años 50. Trabajó en Radio Moscú, donde se dio a conocer escribiendo la letra del himno oficial de los astronautas soviéticos. Siempre fue crítico con el gobierno, especialmente con la novela ‘Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin’, que es el eje mismo de este reportaje. Esto le valió la retirada de la ciudadanía soviética. Se vio obligado a exiliarse a Munich, hasta que pudo regresar a su país tras la restitución de la nacionalidad en 1990 por Gorbachov, donde ha sido varias veces premiado y reconocido tras la caída de la URSS.
Reportaje – ¿Icebergs en Galicia?
Hay una razón por la cual no hay icebergs flotando frente a las costas de La Coruña un día de principios de enero… (no es broma): la Corriente del Golfo. Es un poco exagerado pero no deja de ser cierto que de no existir esta corriente de agua caliente en el Atlántico Norte el clima del oeste y noroeste de Europa sería muy parecido al de las costas siberianas.
Desde hace varios años se teme la desaparición o freno de laCorriente del Golfo que suaviza el clima del oeste y norte de Europa haciéndola más habitable
Su funcionamiento y efectos (ver anexo sobre su sistema de circulación) convierte las islas Lofoten, por ejemplo, en un lugar apto para la vida humana y no un peñasco aplastado por hielos polares perpetuos. Las razones para que el hemisferio norte atlántico tenga esta bendición que afecta a Groenlandia, Islandia, las Islas Británicas, Noruega y el Mar del Norte, así como (en menor medida) la costa portuguesa, gallega y cantábrica, hay que buscarla en los vientos globales, sobre todo en el ciclo eólico del hemisferio norte que influye en las aguas atlánticas, con una alta salinidad que ayuda (y mucho) a que la corriente o “Gulfstream” no desaparezca.
De alterarse el nivel del agua, su salinidad o los vientos (a lo que hay que añadir la rotación de la Tierra como otro factor más) el clima de la Europa occidental y de la costa oriental de Estados Unidos y Canadá cambiaría para enfriarse. Y entonces surgiría ese terror atávico de muchos especialistas y agoreros del clima: en lugar de más calor y sequedad, una mini era glacial costera para la zona más industrializada y desarrollada del mundo. Desde que en la agenda mundial entrara el cambio climático con fuerza ha habido todo tipo de mitología al respecto, pero, por ahora, el temido deshielo de Groenlandia y la alteración siguiente de la corriente no han provocado cambios. Por ahora. A causa del calentamiento global, se producen más deshielos en el Ártico y fluye, por lo tanto, más agua dulce hacia el Atlántico Norte.
Si esto continúa, en un momento dado sus aguas ya no tendrían el nivel salino necesario (y por tanto densidad) como para seguir su camino en las profundidades y luego ascender. Groenlandia es pues la clave, tanto o más que el resto del casquete polar del Norte. El cambio no sería brusco y apocalíptico como en la película ‘El día de mañana’, sino que se prolongarían durante unos 100 años. La temperatura bajaría gradualmente, muchas especies animales y vegetales desaparecerían del oeste europeo y vivir en la costa sería más duro que ahora. No obstante, el factor fundamental de la corriente es el viento, y éste no cambia por el calentamiento, así que quizás mucha gente se esté ahogando en un vaso de agua. Como apunte, el último frenazo de la corriente coincide con el fuerte descenso de las temperaturas que hubo en Europa entre los siglos XVI y XIX, la “Pequeña Edad del Hielo” que aisló Groenlandia, Islandia y las islas nórdicas del resto del mundo. Así pues, será cuestión de esperar y mirar al horizonte desde Finisterre.
Circulación de la Corriente
La corriente del Golfo es una corriente oceánica de baja profundidad que desplaza una gran masa de agua cálida procedente del golfo de México y que se dirige al Atlántico Norte. Alcanza una profundidad de unos 100 metros y una anchura de más de 1000 km en gran parte de su larga trayectoria. Se desplaza a 1,8 m/s aproximadamente y su caudal es enorme: unos 80 millones de m•/s. La circulación de esta corriente asegura a Europa un clima cálido para la latitud en que se encuentra e impide la excesiva aridez en las zonas atravesadas por los trópicos en las costas caribeñas y determina en buena parte la flora y la fauna marina de los lugares por los que pasa. El descubrimiento por parte de los europeos de la corriente del Golfo data de 1513, año de la expedición de Ponce de León, una herramienta perfecta para ser usada por los navegantes españoles en el viaje de ida y vuelta al Caribe. Pero el primero que sistematizó su funcionamiento fue Benjamin Franklin en 1786 en su obra ‘Sundry Maritime Observations’, que además trazó el primer mapa oficial.
Reportaje – Introducing Rammstein
Rammstein, con una m de más que el nombre de la población alemana (base americana y escenario de un espantoso accidente aéreo durante una exhibición), es una de esas imágenes de marca que tiene Alemania, más o menos a la altura de la Volkswagen, las bratwurst, los gastarbeiter turcos o kurdos, el Bayer de Munich o la torturada Puerta de Brandemburgo. Es música heavy, pero también algo más que música: “Kultur und Herausforderung”: Rammstein es sobre todo la cultura de la provocación pasada de rosca.
Por Luis Cadenas
A Alemania le pasa algo con la música: si el padre metafórico del arte es Beethoven y su Novena Sinfonía, más adelante fueron igualmente fundamentales Wagner y sus soliloquios mitológicos, pero también las canciones del cabaret de Entreguerras y ahora Rammstein, a la que se le pueden poner mil etiquetas (metal industrial, neue Deutsche Härte, metal alternativo, progresivo o simplemente “heavy para masas algo aborregadas”, Solana dixit). Pero en el fondo, ocho discos después, no deja de ser música con un punto lírico y mucha provocación tan medida como en farmacia. Rammstein, formado por Till Lindemann (voz), Richard Kruspe (guitarra), Oliver Riedel (bajo), C. Schneider (batería), Paul Landers (guitarra) y Franz Lorenz (teclados), no deja de ser un subproducto de la reunificación alemana en 1990, porque todos ellos son hijos renegados de la extinta RDA.
Nadie mejor que ellos para irse pues al margen mismo de lo legalmente posible (los vídeos son auténticos órdagos en más de una ocasión, como el de ‘Mein teil’). Es el medio camino en el que todos se sienten cómodos siendo provocados, ese punto de fuga de la olla a presión ñoña, edulcorada y Disney en que se ha convertido el pop y todo lo que se asocia a las radiofórmulas. Y eso que Rammstein aparece en ellas, pero como una de esas olas picadas y pasajeras que te lanzan contra las rocas y que luego no vuelven. Es diferente por dos motivos: cantan casi exclusivamente en alemán y su juego de provocación sexual, que cobró fuerza cuando la dimensión política se les fue de las manos. En Alemania cualquier sospecha de nazismo es triturada de inmediato por los medios y las autoridades, deseosas de no volver jamás a abrir la caja de Pandora. Siendo un grupo de extrema izquierda en sus inicios, Rammstein tuvo que hacer acto de fe antifascista desde sus primeros discos e incluso compusieron una canción al respecto, ‘Links 2, 3, 4’, en 2001.
Una vez cerrada esa vía abrieron la del sexo y lo políticamente incorrecto, pero siempre sin banalidades que hicieran sospechar. Así fue cómo se ganaron cientos de miles de seguidores en todo el mundo, principalmente en Europa y Estados Unidos, pero también en México y Rusia, donde compusieron ‘Moskau’ para el disco ‘Reise, reise’. Muchos de sus fans han usado a Rammstein como cortina de humo para muchos de sus desvaríos, lo cual es muy bueno publicitariamente pero deja la imagen del grupo por los suelos. Más allá de todo está el show montada alrededor de su música, que ha ganado en sofisticación y popularidad a la vez que perdía la energía metalera del principio: menos heavy, más rock al uso con mucho ruido de fondo y más espectáculo. Algo que el alma del pentáculo, Till Lindemann ha definido tanzmetall (metal para bailar) donde el lirismo de las letras es fundamental, desde la amistad al amor no correspondido, la pasión sexual (incluyendo el sadomasoquismo y el canibalismo como guiños cómplices contra la censura) y el amor por la poesía de Goethe, por ejemplo.
Es el sino de todas las bandas que triunfan, aunque parece que a Rammstein le queda cuerda, y no deja de experimentar en cada disco, quizás alejándose del sonido que les dio fuerza en Alemania. Eso sí, para los amigos de las etiquetas, que conste que las divergencias entre canciones como ‘Te quiero puta’ (tal cual, en español) u otras como ‘Ohne dich’ hacen muy complicado ponerse de acuerdo en qué es Rammstein: dejémoslo en este tanzmetall. La música, para Rammstein, pareciera el medio, o el instrumento, o el pretexto para enardecer o dejar en estado de shock, si bien con cada numerito el listón está más alto y a las masas les gusta que les sorprendan.
En el escenario los músicos utilizan penes de plástico, acomodados sobre sus ropas, que escupen líquidos hacia el público; lanzallamas, simulación de escenas de sexo en directo, iconografía donde el cuero es el rey y la ambigüedad total por montera. Es una huella más de una cultura como la alemana que ha cambiado tanto que ya es difícil ver y reconocer en ella ciertos rasgos que la hicieron la vara de medir intelectual del mundo. Ya no están los judíos, y eso se nota, pero quedan los cortes de mangas culturales que dan grupos como Rammstein, una bocanada de aire fresco en forma de ventolera que en su último disco, ‘Liebe is fûr alle da’ (“El amor está ahí para todos”) incluye un doble carpado en forma de vídeo “pixelado” con escenas de sexo en directo. Suena a rizar el rizo, a ir más allá para alimentar a ese público que siempre quiere más. Más de doce millones de copias vendidas de sus ocho discos de estudio y grabados en directo dan para mucho. Y un puñado de canciones: ‘Du hast’ o ‘Heirate mich’, que les lanzó definitivamente a partir de una escena antológica de ‘Carretera perdida’ de David Lynch, pero también ‘Engel’, ‘Mein herz brennt’, ‘Mutter’, ‘Keine lust’, ‘Amerika’, ‘Morgenstern’, ‘Ohne dich’, ‘Benzin’ y ese elogio de sí mismos que es el disco en directo ‘Volkerball’.
Estreno de ‘Otra Tierra’
Buen punto de partida para una de las películas salidas del último Festival de Sitges, ‘Otra Tierra’: aparece en el cielo una copia exacta de nuestro planeta, pero de otra dimensión. Como si se hubieran superpuesto ambas en el mismo universo. Lo que da pie a muchas conjeturas de la ciencia-ficción: ¿si son iguales, podría ir allí y arreglar los errores cometidos? A partir de ahí surge la película dirigida por Mike Cahill sobre un guión original del propio director y de Brit Marling. Actores: William Mapother, Meggan Lennon, Jordan Baker y Robin Lord. Estreno hoy.
SINOPSIS: Rhoda Williams es una joven inteligente que busca la forma de reparar una terrible tragedia. Vive en un mundo como el nuestro, salvo que, repentinamente, a lo largo de la noche, en el cielo aparece un planeta misteriosamente idéntico. Para Rhoda, ese extraño e inquietante planeta, así como la realidad paralela que los científicos afirman que brinda, constituye su última esperanza
La hermana de Mozart
Los franceses aman profundamente las películas delicadas donde todo es retro, especialmente en lo referente al siglo XVIII, como si volvieran a su mejor y peor momento histórico como nación. Y la música, aunque sea la de otras naciones, como Austria. En ‘Nannerl, la hermana de Mozart’ aparece la obra del compositor, suficiente argumento para convencer a más de uno, pero también hay una reivindicación de la mujer en una sociedad ilustrada pero que seguía siendo terriblemente feudal en muchos aspectos. Dirección y guión, René Féret.
SINOPSIS: Mozart tuvo una hermana mayor llamada Nannerl. Niña prodigio, como él, al acabar una de las largas giras de los Mozart por Europa, conoció al hijo de Luis XV en Versalles, quien la animó a escribir su propia música. Pero Nannerl es una mujer y las mujeres no tienen derecho a componer…
Estreno de ‘Margin call’
Han pasado casi tres años desde que los tiburones de Wall Street nos empujaran al abismo a todos. De aquel nido de crisis mundial ya se han hecho varios telefilmes, pero ahora llega en forma de película con ‘Margin call’, con dirección de JC Chandor y una nómina de actores que asusta: Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore, Stanley Tucci, Zachary Quinto… Aborda las 24 horas previas al derrumbe de un banco de inversión en bolsa y crédito, uno de los que han roto el ciclo de endeudamiento. Un thriller al viejo estilo, pero en lugar de políticos y espías, banqueros. Estreno mañana viernes.
SINOPSIS: Cuando Peter Sullivan, un analista junior de un banco de inversión con muchos cadáveres económicos que esconder, revela información que podría probar la caída de la empresa, origina una toma de decisiones en cadena tanto morales como financieras que producen un terremoto en las vidas de los implicados en el inminente desastre.
Estreno de ‘La Cosa’
Recuperamos uno de nuestros post de la semana anterior para este gran estreno de sci-fi y terror para mañana viernes, día de estrenos en España.
En los difusos años 80 John Carpenter hizo una de las proezas del cine fantástico y de terror más sonadas: ‘La Cosa’. Fue tal su éxito, y tan cruda la fuerza visual de la obra, que en algunos países fue prohibida por algunas de sus escenas, con lo que sólo consiguió alimentar el mito de un filme que podría estar a la altura de ‘La Naranja Mecánica’, ‘El Exorcista’ o ‘La Matanza de Texas’ por la violencia y la censura. Ya es una película de culto. Y como la industria del cine americano está en pleno proceso de ruina intelectual, ¿qué mejor idea que hacer una precuela o una secuela? Es decir, un remake a su manera, porque el método es el mismo: en el Polo, frío, soledad, aislamiento, un cubo de hielo con extraterrestre mutante y viscoso dentro y mil maneras de ser devorado. Se estrena mañana viernes. Dirección: Matthijs Van Heijningen. Actores: Mary Elizabeth Winstead, Joel Edgerton.
SINOPSIS: La paleontóloga Kate Lloyd (Mary Elizabeth Winstead) ha viajado a la desolada región para hacer realidad su sueño. Se une a un equipo noruego que ha encontrado accidentalmente una nave extraterrestre enterrada en el hielo antártico, y descubre un organismo que parece haber muerto en la colisión hace miles de años. Pero está a punto de despertar… Un sencillo experimento libera al alienígena de su cárcel de hielo. Kate y Carter (Joel Edgerton), el piloto de la expedición, unirán sus fuerzas para impedir que la criatura mate a los miembros del equipo uno a uno.
